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 | Montañismo |
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Una de las disciplinas deportivas más hermosas y cuyo esfuerzo es mejor recompensado. Muchas veces se confunde con el alpinismo o se vincula a la escalada y no están necesariamente unidos. El alpinismo es un montañismo de élite, de gran altura, que requiere una equipación seria : piolet, cuerdas, crampones para las botas, bastones, etc.
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La escalada supone también una equipación muy específica : cuerdas, pies de gato, bolsa de magnesio, mosquetones, enganches de muchos tipos... En el montañismo el equipo es muy sencillo y cuanto más ligero, mejor. Esa es una de las virtudes de este deporte: usar los medios imprescindibles, la austeridad de vida, el ir ligero de equipaje.
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Es además algo lógico, porque cuanto más equipo se lleve, más nos pesará la mochila y antes nos agotaremos. Bastará con unas buenas botas que agarren bien los tobillos, unas buenas medias y calcetines de repuesto, un jersey y al menos dos camisetas para abrigarse del frío de las cumbres. Cuando se asciende se suda y lo mejor es quitarse ropa innecesaria para no hacerlo. El sudor puede provocarnos un frío extremo al pararnos en la cumbre, donde sopla casi siempre un viento recio.
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Por eso es siempre mejor usar ropa por capas, osea varias prendas más o menos finas. De esta forma según tenemos más o menos calor nos las vamos quitando o poniendo. Se trata en definitiva de una actividad como el senderismo pero a la que se suma el esfuerzo de rutas empinadas, un frío o calor extremo (sol, mucho sol, o por el contrario, nubes o nieblas repentinas), un esfuerzo progresivo y una fuerte voluntad para no abandonar el camino emprendido por la sed y la fatiga.
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Asimismo, tiene una vital importancia la orientación. Si en el senderismo es importante, aquí lo es doblemente, porque desandar el camino es mucho más costoso pues supone subir y bajar grandes pendientes. Es fundamental un guía que lleve un mapa adecuado o que conozca perfectamente la zona. Perderse puede suponer arriesgar la vida. Cuando se meten nubes de repente podemos desorientarnos e incluso precipitarnos.
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Si cae la noche sabemos que las laderas pueden ser trampas mortales, así como el intenso frío provocado por el viento. Hay que ser valiente pero no temerario, y para ello mejor saber por dónde se anda. No obstante, existen multitud de rutas de montaña y dependerá de la habilidad y experiencia de quienes lo practiquen el elegir una más o menos complicada. Se pueden hacer rutas de ida y vuelta en una jornada o bien travesías de varios días, atravesando riscos y sierras enteras.
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Decíamos antes que en la montaña el tiempo es más extremo. O hace mucho sol (a mayor altura sobre el nivel del mar los rayos del sol son más intensos) o impredeciblemente se nos meten nubes que se quedan enganchadas en las cumbres un tiempo y nos vemos rodeados de niebla fría y húmeda o de lluvias. Es una lección que aprender en la montaña: arrostrar aquello tal como nos venga. A mal tiempo buena cara. Es un ejercicio de paciencia y voluntad muy bueno, tanto por esto como por el seguir avanzando a pesar del cansancio.
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Sin embargo, normalmente, el premio es fenomenal. Llegar a la cumbre a pleno sol y poder contemplar horizontes infinitos, mares de nubes, aves rapaces planeando, nieves perpetuas... Ahí está el premio y el aliciente: la naturaleza en todo su majestuoso esplendor, desplegando toda esa sinfonía de sensaciones indescriptibles –tan difíciles de transmitir o explicar a quienes no lo han experimentado-, que se apodera de tu espíritu y atrae poderosamente todos tus sentidos.
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Ver: verdes pastizales, graníticas o calcáreas moles en paredes que dan vértigo, nubes de algodón de caprichosas formas, el inmenso mar azul del cielo...; Oír: el susurro del viento en los matojos, sobre nuestras cabezas en las nubes bajas, el mugido de una vaca solitaria, el graznido de los cuervos, la brisa en nuestro rostro, el bramar del arroyo que se desprende en la ladera...; Oler: la húmeda presencia del agua en el aire, la hierba fresca, nuestra piel bajo el sol...
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Tocar: el viento con los dedos, la tersa hierba de montaña, la vieja roca de orogenia alpina, la nieve fresca, inmaculada y dura de los neveros perpetuos, el pelo rudo de la cabra alpina...; Gustar: la comida compartida tras el esfuerzo, la sal del sudor en los labios, la insípida y reparadora frescura del agua de montaña... Ni qué decir tiene que supone también una ocasión magnífica para la convivencia, para la generosidad, para el compañerismo.
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El cansancio te hace sentir el apoyo de los demás, o te hace actuar generosamente ante el cansancio del otro. Es un deporte de equipo estupendo. Ayudarse llevando el equipo, compartiendo el agua, el camino, la conversación... Sobre todo a la vuelta, a la caída de la tarde, es cuando más apetece la charla amistosa y compartir la euforia de lo vivido. En la ruta hacia la cumbre es aconsejable guardar un silencio monástico que nos invite a la reflexión, a aprovechar para pensar sobre nuestra vida,
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nuestro devenir de la semana, de manera que pongamos en orden todo aquello que nos inquieta o nos desazona, en medio de líticas paredes gigantes, abruptos terraplenes, valles alfombrados de verde hierba... Al contacto con el aire puro de la montaña aspirando el aroma de las cumbres, palpando el áspero tacto del granito, rozando la ruda hierba montañesa, maravillándonos con pequeñas flores espontáneas que nacieron en los más recónditos espacios, asombrándonos de las piruetas
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aéreas de algún águila o choba (cuervo) o de los magníficos y arriesgados saltos de una cabra montés, nos hará mella en nuestra naturaleza de hombres, recordándonos que somos uno más de los mamíferos que pueblan este mundo que es la casa de todos. En definitiva, el montañismo, es un deporte de compañía, de contacto con la Naturaleza, que aviva los sentidos, modera las costumbres, fortalece el ánimo y apacigua el espíritu. Una experiencia más que recomendable si se practica con precaución y con este modo de actuar descrito.
Autor: Lince
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